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jueves, 5 de noviembre de 2015



Era una tarde muy lluviosa y varios mosqueteros del Valle necesitaban afilar  sus lanzas para continuar el camino.

Tuvieron que recorrer un largo sendero por la montaña hasta encontrar el lugar donde un hechicero realizaba su magia con el fuego.

La entrada era oscura y peligrosa porque la lluvia lo tenía todo empapado y era fácil resbalar.

Cuando llegaron, sus ojos no podían dejar de observar todo cuanto había en aquel lugar: cuernos de cabra, ceniza de diferentes colores, artilugios de hierro, etc. Cualquier objeto podía servir al mago para realizar un buen hechizo.


Los mosqueteros entregaron sus lanzas y él comenzó su encantamiento con el fuego. Un caldero con carbón encendido y una corriente de aire que lo avivaba eran suficientes para dar comienzo.

Los regatones iban cambiando de color con la temperatura. Aquel hombre era tan sabio que conocía el momento exacto para sacarlos del fuego y darles forma.

A golpe de martillo saltaban chispas en todas direcciones e iluminaban las caras de los mosqueteros.




Con paciencia y pronunciando las palabras adecuadas el mago moldeaba aquellas maravillosas lanzas que tantas historias podían contar.

Todos estaban hipnotizados con el color del fuego y la destreza con la que aquel mago recuperaba la forma original de sus lanzas.

Animados por el hechicero, dos de ellos se atrevieron a dar los últimos golpes con mucho esfuerzo.

Los mosqueteros quedaron muy agradecidos al mago por su magia y pudieron continuar su viaje.
Mai


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