La tarde me gritaba que buscara refugio seguro, de la misma manera que las noches oscuras me gritaban de niña que me refugiara en la cama de mis padres. Ese maravilloso espacio de tan solo 1,35m capaz de contener todos mis terrores, mis pasiones, mis necesidades…
Llegamos y todo el equipo ya estaba organizado en coches para dirigirnos hacia el Sauzal, con las lanzas cargadas, dispuestas a ser empuñadas.
Con el cuerpo aún entumecido y con la lanza al hombro, me alongué desde el Mirador de Las Breñas. ¡Ese era otro refugio! y la lanza a mi lado, mi cómplice. Yo la miraba con recelo… llevábamos dos semanas sin vernos y estábamos un poco desconfiadas la una de la otra. A mi me daba fuerzas mirar al horizonte y sabía que poco a poco iba a poder entregarme de nuevo a ella.

Se entremezclaban la excitación que
provocaba el propio paisaje, los nervios por la proximidad del abismo que
quedaba a nuestra derecha, el ansia de apoyarnos en la lanza y dar brincos. ¡Fue
un descenso excitante!


Un espectacular ocaso nos persuadió
de comenzar a subir. ¡Qué mejor señal!
El ascenso puso a prueba mi
resistencia física y mental. El sol se escondía a medida que yo perdía fuerzas,
dejando a cada paso una fotografía sin igual. Con Juan sosteniendo mi debilidad
¡logramos llegar al ansiado Mirador!