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martes, 19 de noviembre de 2013




TARDE DEL SÁBADO 16 DE NOVIEMBRE

    Tarde de sábado, 16:00 horas, comenzamos el ritual de tomar contacto con nuestra mas preciada aliada, “la lanza”, que desde el comienzo del curso se ha venido revelando, cada vez más, como un apéndice de nuestro cuerpo, sin el que no podríamos hacer frente a tan desafiante reto: “el salto”.
Nuestros “pastores” (monitores) nos han mostrado el trato que ha de recibir el tan preciado “madero”. Tomamos contacto con la lanza, mimándola y tratándola con total y escrupulosa sutileza, cubriéndola de aceites y grasa para su perfecto manejo y conservación; cada uno con su peculiar estilo, dándole el cariño merecido, en un acto casi litúrgico, creando entre ambos una simbiosis casi inquebrantable.
Una vez revisado todo el material para el sustento de la energía que necesitaremos esta tarde, nos disponemos a partir hacia las “Rutas salvajes” propuestas hoy, caminando con la lanza al hombro y compartiendo palabras con el compañero. Llegamos a un lateral del Barranco de la Arena y Enrique nos propone hacer un calentamiento de articulaciones, para que el engranaje corporal esté en perfecto estado al comenzar la aventura.
                                                                  

Comenzamos el descenso bastoneando por un lateral del barranco, lleno de una amalgama de piedras, lajas y arena suelta, donde es complicado que el regatón  encuentre tierra firme; aún así, quemamos las naves y comenzamos a descender, la adrenalina empieza a hacer acto de presencia poco a poco en nuestro cuerpo, y los sentidos están entregados por completo a la punta de la lanza y alrededores, y a nuestros movimientos corporales, para hacer posible dicho descenso; no existe otra cosa más importante ahora que estar atento, como si la vida nos fuese en ello.
Todos llegamos al objetivo, bastoneando atentamente, mientras en el descenso se escucha alguna voz que rompe el silencio gritando “¡piedra!”: hay que estar atentos a todo, aviso de peligro, el grupo se detiene hasta que cese el peligro.
Estamos dentro del barranco, en su corazón, ahora somos parte de él, circulando con mucho “respeto”, en toda su ambigüedad literaria.
Deciden hacer dos grupos para evitar aglomeraciones, unos van en piedra llana y escaleras y otros en puro barranco, haciendo circuitos para ir mejorando  la técnica y apartando los miedos.


   Fran (uno de nuestros pastores) se queda arriba, en las escaleras, con su rebaño, y Enrique continua al barranco con el otro rebaño. Los dos pastores saben muy bien como cuidar a sus ovejas y ellas así los sienten, aunque no pasa por alto el echar en falta la presencia de una Pastora, Petri, que tanta “vida” y “norte” da a este grupo, cual estrella polar se tratara, guiándonos y mostrándonos el camino en momentos en que la duda se hace oscura como la noche.
En la zona del barranco donde se hace grupo, Enrique se plantea hacer circuito. Comenzamos con brincos a pies juntos y de precisión, combinándolos con ascensos y bastoneos cortos por la arteria del barranco: saltamos en sístole y diástole, fluye la sangre. En estos momentos es cuando lanza, cuerpo y mente son uno solo, y en cada salto las manos se aferran a la lanza, intentando palpar la confianza deseada; luego los ojos buscan un objetivo seguro bajo el abismo, para asentar seguro el regatón en piedra, la suerte está echada, ahora solo quedan los segundos de tanteo antes de lanzarnos entre el abismo y el suelo para consumar el salto; todo se enmudece, las manos mas unidas que nunca al madero, necesitándolo, confiando en él. La mirada ya tiene destino y el cuerpo se lanza con la incertidumbre de encontrarlo. Se siente la pérdida de gravedad por un segundo y la adrenalina nos embarga, ¡estamos saltando! ¡estamos volando!, y no existe en ese instante nada mas importante. Con el salto se dejan atrás todos los lastres cotidianos  para “estar” y “ser” solo alguien “presente”.


       El instante de saltar es breve pero pasan mil sensaciones por el cuerpo y la mente. Ya en medio del salto, las manos controlan cualquier disyuntiva, y con la frenada progresiva, llegamos al objetivo de tocar el suelo con los pies, sin brusquedad.
¡Misión cumplida! nos decimos en nuestros adentros, mientras un suspiro de alivio nos reconforta y nos ayuda a buscar  la mirada de aceptación de nuestro pastor y su gesto cálido de aliento y complicidad. ¡Lo hemos logrado! y seguimos el circuito mientras pienso “¿Qué sintió Amstrong al pisar la luna?”. No lo sé, pero siento que esto, más que un paso, es un pequeño salto para la humanidad y un gran salto para mi… y regreso a la tierra…al presente.

     Después de estar un tiempo haciendo circuito, nos subimos hasta lo alto para bastonear una pared pronunciada, para acto seguido, en un pequeño muro, hacer otro circuito para practicar el salto de banda (con avance ). Hacemos una pausa para reponer fuerzas y Enrique propone salir a saltar el domingo próximo, y de paso colaborar con la campaña de limpieza del “rabo de gato”, y aprovechar la ocasión para compartir con otros colectivos la experiencia. Todos opinan y deciden libremente dar el visto bueno; Lourdes y yo no podremos, pero sentimos que estaremos.
Acto seguido bajamos por el barranco, ya en un solo rebaño, y nos disponemos a llegar al final del todo, donde se divisa un horizonte con dos mares, a cual más hermoso: el mar de nubes y el Atlántico nos abrigan.
 


    Antes de llegar al final, saltamos una altura considerable de un paso cortado y con escalones poco fiables; todos los logramos, unos brincando, otros bastoneando, cada uno usa aquí otro de los recursos más personales: el instinto.

Llegamos al final del barranco, donde practicamos el salto de lado a lado, llegando así el réquiem de la tarde, descubriendo el sabor dulce de este nuevo salto.
Queda claro que cada sábado hay algo nuevo y tentador, y como de un salto descansa y duerme la tarde, mientras despierta la noche, y nosotros regresamos sobre nuestros “saltos”, perdón, quería decir pasos…esto sucede cuando se disfruta tanto. Me pregunto si el espíritu de Tinguaro no nos estará saltando adentro…
Llegamos al punto donde partimos y de nuevo ceremonia de mimar la lanza con una generosa limpieza y colocación; de sobra sabemos que hemos de conservarla, pues solo quedan días para hacerlas nuestras otra vez.
Llega el tiempo de la tan apetecida cerveza y tapa para poder compartir, pero hoy ese tiempo se hizo “corto”… el séptimo arte tiene presencia en la Villa, y solo quedamos cuatro del rebaño. Nos damos cuenta de que el tradicional recuento de personas de nuestra pastora Petri se hace realidad: cada sábado se echa de menos a las ovejas que faltan, y se reciben de nuevo con afecto a las ovejas perdidas, como si de un hijo pródigo se tratara…
                                                                                    José Fuentes



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