( 22 de noviembre, sábado)
PASEÍTO
HÚMEDO EN LAS LADERAS DE MORDOR:
Ponle que
eran las cuatro…todavía enyugados con el cous-cous del almuerzo y azorados por
la adversa meteorología, nos dispusimos a salir del local tras haber elegido
concienzudamente nuestra lanza: – ¡Ajh, esa misma muchá!–, – A mi dame una
chiquita tal… –, – Yo quiero la de Don
Pedro – dije yo, sabedor de la extrema calidad de la vara del Pater, ahora,
ños! pesa la cabrona.Está fuerte el hombre.

Ya enfilados poripallá veníamos cinco monitores, dos alumnos y un
freelance (free=libre, lance=lanza, libre de lanza, vamos, que no tengo): Fran,
doña Petri, Mª José, Javi, Ricardo, Marta, Enrique Carmona (atención, calcetín
por encima del pantalón, máximo estilazo) y uno. Dirección el Ancón, tras un
breve análisis ornitológico con kíkaras y gallinas punky de por medio, nos
desviamos antes del portón hacia la derecha por un senderito empinado que nos
llevó hasta Vista Paraíso. La vista pa´ abajo es un paraíso, sí, el mar
extenso, el barranco angosto, el valle de fondo, todo verde, todo chachi.


Ya lo que es
pa´ arriba la cosa cambia, na más que bajantes y terrazas de ricos vistas desde
abajo. Ahora entiendo el concepto “deporte marginal”. Tras unas breves pero
altamente pedagógicas lecciones de salto a Marta (primera toma de contacto con
el brinco, directamente a la riscadera, ¡ala!, menos mal que la chica es
ajeitada) comenzamos a descender con el noble y seguro arte del bastoneo;
pincha por aquí, pincha por allá, pasito aquí, resbalón allá, sácate los picos
de penca del culo, etc…al final con lo “resbalizo” que está va a ser más seguro
saltar a regatón muerto. Así que yo me sumbé de lo alto – ¡Rián! –.

En la
bajada, que fue segura pero veloz, como el antiguo cuatro latas de Petri, hubo
tiempo para identificar la flora autóctona correspondiente: había unos pasteles
de risco que daban ganas de echárselos a la boca de lo carnosos que estaban, y
lágrimas de la virgen, que podrían haberse llamado mocos blanquecinos o incluso
lapos de rana pero claro, la imaginería religiosa siempre es más recurrente en
materia botánica.
De súbito,
la inquietud se hizo palpable. Al frente y sobre el mar se suspendía en su
negritud la gran cortina húmeda, el ojo de Sauron, el llanto de Belcebú, ¡Oh
Dios!. Huimos pues, cual pequeños hobbits de la comarca amedrentados por una
fuerza divina, pero resoplando aliviados pues esta vez la naturaleza benevolente
nos había respetado durante todo el descenso, según algun@, se había
“confabulado” con nosotros.
Comentando
la jugada regresamos de vuelta al local, algunos más mojados que otros pero
felices todos; y aprovechando la coyuntura nos mojamos por dentro también, pero
con agüita de cebada que dicen los profesionales de la salud que es bien rica
para después del deporte. Hagámosle caso pues, ¡salud!
Eresé