
Una vez allí, empezamos a echarle cebo o aceite. Después buscamos el camino para empezar a brincar y así fue. Empezamos a bajar el barranco, cada uno a su ritmo, observando y sacando fotos a las preciosas vistas que se podían ver mientras brincábamos.
A medida que bajábamos nos acercábamos mas a la costa. Por esos momentos me encontraba bastante bien, estaba disfrutando de la ruta. Yo, junto a unos compañeros, nos desviamos del camino para ir a otro más complejo y dar los últimos brincos.
Cuando estábamos llegando al final para pisar por fin la carretera, un compañero se calló y la lata rodó camino abajo, le di mi lanza y yo bajé el último tramos sin ella, no era muy complicado. Cuando llegamos abajo cogimos la lata, que afortunadamente no había sufrido daños y caminamos hasta el furgón para guardarlas e ir de vuelta al colectivo.
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