Diario de un Francés infiltrado
Este sábado, Daura me habló de una
práctica tradicional canaria que harían sus padres este domingo, el salto del
pastor. Me dijo que podíamos ir con ellos, que se pasa en los riscos del monte
y que es muy divertido. Ella empezó a hablarme de los pastores que corren con
un bastón en la montaña y en los barrancos para buscar las cabras.
Bueno, una caminata por la montaña, cómo
no!
Hasta que Pedro me preguntó: “Y tú sabes
saltar?” Cómo que yo no sé saltar, claro que sí. Después me explicaron todo,
enseñándome la película del Tarogor Chiregua y entendí lo que era “saltar”.
Así que llegó el domingo, a las 9 de la
mañana en el local del grupo con Petri y Daura. Ahí, esperándonos, una parte del grupo, todos
adultos y deportistas, más Roberto, muchacho de quince años. Esperando la hora
de irnos, el muchachito y Petri me aprendieron lo básico (salto a pie juntos y
salto de banda), porque yo era el único debutante. Mientras, otros llegaron en
un total de cuasi 25 personas. Después de arreglar todo y de cargar las lanzas, nos fuimos por el barranco arriba de la “Rosa de piedra” (o Margarita de piedra según sus gustos botánicos...).
Ahí empezamos a subir unos 20 minutos para
calentarnos, nos estiramos y... Ya, vino el momento de saltar...
Desde el principio, se notan los
valientes, los que se quedan por atrás, los que esperan, que juegan a saltar y
saltar otra vez la misma piedra para perfeccionar su técnica.
Me quedé (qué sorpresa...) con el grupo de
atrás... Y aprendí con Petri a brincar y cuando llegó la primera roca alta, y
que unos (incluido yo) buscaron un pasaje para ir bastoneando, yo vi lo que era
realmente un salto a regatón muerto... saltar una altura superior al tamaño de
la lanza, sin que ella toque el suelo al lanzarse... En ese juego, fue impresionante la facilidad de
Fran, bajando suavecito hasta el suelo, y también lo hicieron tranquilamente
los otros chicos fuertes. Pero, en el salto más alto de todos, llegó ese
muchachito, Roberto. Bueno, el no es chiquito pero el salto era de 5 veces su
tamaño, y... saltó...
Después seguimos bajando, encontrando
otros saltos, y todos, de todos niveles brincando, hablando, con este sol
maravilloso atrás de nosotros, con vista al mar allá a lo lejos a través de los
pinos limitando el barranco.
Petri y Fran ayudando y dando consejos,
haciendo admirar su técnica a veces y todo el mundo bajando y bajando hasta el
momento donde el estómago nos dijo de pararnos.
Al final de la pausa, seguimos brincando
hasta la “Rosa de piedra” ( o la Margarita, como usted quiera, pero eso ya se
lo dije...).
Allí se tomaron unas fotos y me enseñaron
las habilidades: la vuelta del pastor y el garabato, juegos que hacían los
pastores para ver cuál era el más flexible.
Por fin, bajamos a las nubes, a tomarnos
un café y se preparó aquí, otro sendero, del lado este del valle.
Yo, y unos otros no fuimos sin hacer este
último... Me fui cobardemente..., mi energía había caído, pero Petri me contó
de él, de las Cuevas de Bencomo. Me dijo que había una barandilla que protegía
de una altura, pero no pudo proteger del vértigo a María José, a Eduardo y a
Jorge; que Samuel se inventó un novedoso brinco llamado “combinación de salto a
precisión más, salto a regatón muerto, más culazo”, que se hace a una
improbable altura; y que Mela, confundida entre tanto rabogato, estuvo a punto
de hacer su primer salto a regatón muerto. Al parecer la gente que hizo la ruta
se quedó muy presta con la subida de adrenalina.
Yo concluyo diciéndoles que al final, lo
que me imaginé divertido antes de hacerlo, lo era mucho más que lo que había
pensado. Observé que el “salto del pastor” es un real ejercicio físico, técnico
y más que todo eso, con un equipo de gente feliz, divertido y apasionado.
Robin
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